miércoles, 25 de enero de 2017

Sobre Manual de esgrima para elefantes


El escritor paraguayo Mario Castells (residente en Argentina) ha leído mi libro de cuentos y publicó el fruto de sus reflexiones sobre el texto:

La literatura paraguaya tiene un problema esencial, sabemos, que es la diglosia; pero otro es que no se sostiene en sus propios fundamentos, en su propia palabra, en un sistema crítico propio. De allí que vengan muchos pajarones a plantearle criterios de modernidad ajenos (centrales, hegemónicos) y boludeces por el estilo. Manual de esgrima para elefantes, libro de Javier Viveros, es un libro fundamental de esta literatura y creo que no ha tenido el empuje crítico que se merece, pero bien, pocos textos en Paraguay lo han tenido. Y digo que lo es porque, ante todo, ha podido sortear barreras ideológicas que son viejas taras de la literatura del Paraguay. No ha necesitado del lugar común del cronotopo paragua, no ha necesitado del guaraní o de ese substrato folclórico aberrante (folclórico aunque sea campesina o urbana su trama), no ha necesitado vomitar en portuñol ni andar cachaqueando para ser universal y enteramente paraguayo. ¡Logro excepcional de Javier!

Lo que más me ha ganado de este libro ha sido quizás su trampa, su método. Manual de esgrima nace de la convivencia del autor con la cultura africana. Vale decir, Viveros ha construido su camino a la modernidad tardía yendo desde una periferia, o más bien de un hinterland, como es el Paraguay, a otro hinterland acosado de la misma manera por las sinuosas redes de la globalización. Ha seguido un camino transversal, complicado desde ya; ha preferido lidiar con su época y su mundo lejos de los hologramas del capitalismo feliz, enfocando su perspectiva allí donde se tensa la red de la economía mundo, donde el éxito capitalista supura cadáveres y las viejas tradiciones se niegan a morir, apelando inclusive a la muerte en vida del dejà vu(dú). Desplazándose desde Senegal y Ghana hasta Tanzania, pasando por el Congo y Ruanda. Quizás para muchos el sumun de este libro puede ser su exotismo, pero siento que si dejamos correr la extrañeza de esos sonidos desconocidos, de los fonemas en lengua suajili, las referencias a las tribus y a los animales exóticos, encontraremos que los parecidos entre nuestras sociedades tercermundistas, son más precisos que los que podemos tener con sociedades menos desconocidas y más asimiladas a la idea occidental de lo globalizado, como las orientales. Si como probó Flannery O’Connor, “en la buena ficción, ciertos detalles de la historia tienden a concentrar significados; (pues) se vuelven simbólicos por la misma función que desempeñan”, creo que los símbolos de este libro son los puentes que conectan nuestros universos. Crujen pero todavía sirven.

Desde ese partido de tenis con el nieto de Mobutu, alentado por Evetta, la negra cheta de culo imponente, siempre sonriente, hasta el doble funeral de Kweku Mensah que no tan al extremo me remitió a los festejos del mita’i re’onguépe ñeñotyra que vi en mi infancia en la campaña ñeembuqueña, o la presencia permanente de la magia negra, algo que en Paraguay es bastante fuerte también aunque tengamos el tino de taparla un poco con rituales del catolicismo popular y su santería herética; el comparatismo entre África y América Latina es, como señalé, algo plausible. Así como efectivo es el uso de la ideología en el tono narrativo de los personajes narradores. Desde el cancherismo idiota del kurepi de “La lista”, el tono desaforadamente putero del paraguayo en “Putas rusas”, en “Primera semana”, en “Passing shot” mismo, la culposidad pequeñoburguesa del jerárquico en relación con los africanos, el desparpajo del que tiene el ego como un tuétano recubierto de una caparazón hecha de billetera gorda y moral judeocristiana.

Tan bueno es el libro de Javier que “Primera semana”, texto que me podría haber cerrado al prejuicio siempre corroborado de que eso de combinar distintos procedimientos de la escritura en redes sociales, twitter, e-mails o el chat, para describir las experiencias personales del narrador posmoderno, es vakarekaka montón al gusto de la gilada, me abrió al contrario a la sorpresa de un despliegue de denuncia del racismo cultural de occidente. Homo sum, humani nihil… Hecho que se destapa como una gran fosa común en “Ruándicas”, texto que adopta una vigorosa segunda persona y la técnica del flash, del fragmento, para desdoblar el pensamiento del personaje y su remordimiento por el exterminio del pueblo tutsi, reconocido mundialmente como el genocidio del machete.

Para que con la lectura no seamos embaucados, el ejercicio de la crítica —que implica, en el peor de los casos, un doble embaucamiento– debe curar sus intenciones. Mis intenciones no se salen del korapy de la literatura. “La realidad delira” y querer aprenderla o encerrarla en una verdad consagrada es una de las peores mierdas que se les ocurrió a los stalinistas y que nos ha salpicado a todos los intelectuales de izquierda. Empero, el breve resplandor denuncialista del Manual… engrosa así mismo la dimensión total del libro de Javier. Es otra arista del objeto, otra trama de su arte narrativo.

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