domingo 22 de noviembre de 2009
Gacetilla recibida ;)
lunes 16 de noviembre de 2009
La belleza del desastre

VOLVIENDO A CASA
Con este poema participo en el segundo Concurso
de Poesía de Heptagrama.
jueves 12 de noviembre de 2009
RINCODILLO Y CORTANETE




Protagonizan esta historia un boliviano y un paraguayo. Ambos están empleados por una compañía de telefonía celular con operaciones en tres continentes. Se relata aquí el modo en que ambos terminaron cenando en el mejor restaurant del autodeclarado único hotel de siete estrellas del planeta.
Los dos sudamericanos están ahora en Ruanda y han acabado sus respectivas asignaciones. Uno debe volar de vuelta a Ghana y el otro a Tanzania. En la semana previa a la partida, en la oficina, alguien comenta que, desde Ruanda, el precio del pasaje hasta Dubai es muy bajo. Los sudamericanos prestan oídos y enseguida averiguan con la agencia de viajes. Las fotos vistas de Dubai pueblan sus cabezas, saben que allí el turismo de lujo es la industria por excelencia. Deciden modificar sus fechas de regreso. En lugar de volar el sábado para Ghana y Tanzania (respectivamente) deciden hacerlo el lunes, para pasar el fin de semana en Dubai.
Todo sale bien, rápidamente consiguen la visa y se alistan. Llegan a Dubai el sábado a las 3 de la mañana. Se hospedan en el Holiday Inn, que es un hotel pobre comparado con los que alberga el lugar, verdadero orgullo de los Emiratos Árabes Unidos. Al abrir la ventana, en la mañana siguiente, una majestuosa vela insensible al viento se yergue ante ellos. Es el Burj Al Arab, un hotel de 5 estrellas oficiales, pero cuyas características fuera de serie lo hacen merecedor de autoproclamarse el único hotel de 7 estrellas del mundo. Está construido sobre una isla artificial, a 270 metros de la playa del Golfo Pérsico, posee un helipuerto propio que es a su vez una cancha de tenis, alberga nueve lujosos restaurantes, tiene forma de embarcación a vela, una joya de la arquitectura y es un símbolo verdaderamente excluyente de Dubai. La suite real cuesta 28.000 dólares por noche. No hay habitaciones normales, todas son suites.
Más tarde, averiguan con la recepción del Holiday Inn, dicen que quieren conocer el Burj Al Arab. El recepcionista les comenta que nadie puede acercarse sin una reservación. Tienen que reservar en alguno de los restaurantes y "tomar al menos un té". El simple té ya cuesta alrededor de 50 dólares. Sin aminalarse, piden al recepcionista que haga la reserva. El recepcionista llama. El primer restaurant está lleno, así que pregunta por otro. Allí sí hay lugar. Sin achicarse, los sudamericanos solicitan la mejor mesa. El recepcionista pide una tarjeta de crédito para proceder con la reservación. El paraguayo extiende la suya. Le dan un papel con el código de reserva. Contentos, los sudamericanos regresan a su habitación. El boliviano se pone a leer el papel recibido y empieza a palidecer.
—Javier, aquí dice que para ir al restaurant están prohibidos los tenis y los jeans. Hay que ir con zapatos, camisas de mangas largas y pantalones.
Sigue leyendo: el cancelar la reserva ocasionará que se cobre un jugoso monto como multa. Es un número verdaderamente elevado. Empiezan a desesperarse. El paraguayo posee una sola camisa de mangas largas, tiene un pantalón desvencijado pero ningún zapato, usa sólo calzados deportivos. El boliviano tiene zapatos y un pantalón pero todas sus camisas gastan mangas cortas. Deciden ponerse en campaña para conseguir lo que falta. El mastodóntico y colosal Mall of the Emirates no está muy lejos. Podrían comprar algo allí. Pero ya casi son las 6 de la tarde. La reserva es para las 8. Y la puntualidad se da por sentada.
—Recurramos a los botones— dice una voz.
Toman atropelladamente el ascensor. Se separan, cada uno por su lado para buscar lo que es menester. Varios minutos después se encuentran en la habitación. El boliviano consiguió alquilar una camisa de mangas largas del botones del hotel. El paraguayo prestó un par de zapatos de un taxista, a cambio de una propina y la promesa de que sería él quien los llevaría al Burj Al Arab en pocos minutos más. Se preparan a gran velocidad. El paraguayo no se percató de algo. El zapato del taxista es de talla 40 y él calza 43. Haciendo un esfuerzo supremo y ayudado con un peine empotra el lado izquierdo del zapato en su pie. Casi otros 5 minutos se demora en hacer lo mismo con el otro pie. Los dedos están acurrucados, como doblados por el miedo. No hay posibilidad física de ponerse medias. Los pies están siendo torturados allí; los zapatos tienen algo de la Edad Media. Al final ambos están listos y salen del hotel.
El vehículo que conduce el taxista que alquiló sus zapatos es un Volkswagen Gol. No hay muchos en Dubai, en cuyas calles pueden verse circular alegremente Ferraris y Lamborghinis como Juan por su casa. Se dirigen al Burj Al Arab. Detrás de un Rolls-Royce se llega el golcito de nuestros protagonistas. Ya en el lobby quedan obnubilados por la soberbia arquitectura y la desdeñosa belleza del famoso hotel. Quedan hipnotizados por los juegos sincronizados que realiza el agua. Toman un ascensor velocísimo que los conduce al restaurant Al Mahara, un restaurant bajo el mar. Los hacen pasar a un lugar donde aguardar a que su mesa esté lista. El barman les ofrece una copa. Intuyendo los costos estratosféricos, se niegan, aducen que sólo beben luego de la cena. Miran a los otros clientes que esperan. Árabes con sus impecables y blancas túnicas, hombres trajeados, rodeados todos de mujeres vestidas como princesas, todas huelen a como debería oler -de existir- el paraíso. Les llega el turno y son conducidos al restaurante. El paraguayo con su lento andar, siente que de un momento a otro serán desenmascarados. Es el que está más inseguro porque no porta medias. Imagina que de un momento a otro alguien vendrá y les dirá:
—Caballeros, hasta aquí llego la farsa, acompáñenme a la salida, por favor.
Se sienten por completo fuera de su ecosistema, se mueven como si estuvieran invadiendo, sigilosamente, territorio enemigo bajo la intuición de que de un momento a otro serán sorprendidos por el tartamudeante fuego de una ametralladora. Ocupan su mesa, que está en el centro mismo del restaurant, justo en la entrada, al lado de un gran acuario superpoblado de peces. El mozo trae la carta de bebidas. La rechazan. Ofrece un menú con platos de entrada. Lo declinan y deciden pasar al plato principal. Llega el menú. La vista se concentra en la columna de la derecha, donde están los precios. Si el listado hubiera estado ordenado descendentemente por precio se hubiera facilitado la cosa. Todo es carísimo. Un exceso. Pero bajo el lema de once in a lifetime deciden ordenar. No todas las noches puede uno cenar, con camisa y zapato prestados, en el mejor restaurante del único hotel de 7 estrellas que existe. Ya al día siguiente volverían a comer kasava y banana frita. Pero ahora tocaba disfrutar el presente. Pensaron en grande y se les dio. Aunque grande también fue el agujero en sus tarjetas de crédito. Pero había que vivir un día a la vez. Ahora tocaba estar en el mítico Al Mahara, el piso más bajo. Disfrutaron de una selección de frutos de mar. Al acabar, pidieron al mozo que les reservara una mesa en Al Muntaha, el bar del piso 27, ubicado en un cilindro empotrado en la estructura del Burj Al Arab. El restaurant Al Muntaha -que significa The Ultimate- ofrece una visión panorámica de Dubai. Antes de retirarse van al baño, allí encuentran disponibles frascos del carísimo perfume Hermes. Se atiborran del mismo, hasta casi acabarlo. Un abuso. Una venganza a escala. Una silenciosa protesta por el indisimulado overpricing.
Ascienden hasta el Al Muntaha. Una luminosa postal nocturna de Dubai, desde 200 metros de altura, los recibe. Cada uno pide un trago. Y conversan de sus ficticias minas de diamantes, de sus inexistentes inversiones en telecomunicaciones y en la industria de los juegos de azar. No hay por qué desentonar con la charla que sostienen los otros clientes. Terminado el trago, bajan y llaman al conductor del taxi. Los pies del paraguayo están hechos una miseria, devuelve los zapatos al taxista. Al llegar al hotel, el boliviano -que se había cambiado en el auto- devuelve la camisa al botones. Lo habían logrado. No se les había corrido la media.
— Qué te parece, viejito? ¡Lo hicimos, carajo!
— Sí señor. Y ya nadie nos quita lo bailado, Germán.
Se prometieron no ir al baño al menos las siguientes 20 horas: querían conservar dentro de sí el mayor tiempo posible los alimentos que tanto dinero les había costado.
martes 3 de noviembre de 2009
MISTERIO JFK
MISTERIO JFK
Para mi alero Khuen How Ng.
Este no es un cuento, Magritte, no lo es.
Si hay un país donde abundan las entidades extrañas, ese país no puede ser otro que Estados Unidos de América; nación repleta de asociaciones creadas por millonarios excéntricos —cuando no irremediablemente dementes— que no saben con exactitud qué destino dar a sus bien calculadas fortunas. Nombres como Sociedad para la Protección del Pingüino Zurdo y Vegetables Rights Foundation pueden dar una idea de lo que estoy diciendo. Una de esas fundaciones me extendió una invitación para participar de un congreso de literatura que se llevaría a cabo en esas tierras norteñas. Mi parte consistía en preparar un texto “científico-literario” y leerlo en el evento; el escrito sería el trampolín para disparar a posteriori las discusiones con la concurrencia. Los invitados eran “escritores que en algún fragmento de sus obras involucraron de uno u otro modo aceleradores de partículas”. Yo había hecho alguna mención en el relato de un libro primerizo, puedo evocar vagamente aquella oración donde el acelerador de partículas aparecía en una metáfora demasiado forzada. Recuerdo con poco cariño a ese cuento del que tan sólo podía rescatarse el ritmo acompasado que imponía a los párrafos la música de marcha militar de las esdrújulas.
La invitación lo cubría todo: pasajes (código de reserva Amadeus: 3M2F87), hotel, viáticos y una carta de la organización que me aseguraría la visa de entrada al país. El congreso tendría una semana de duración. Todo pagado en la mágica isla de Manhattan, donde la Fundación “Rima de Quarks” tenía su sede. No encontré motivo alguno para rechazar esa oportunidad. Me metí a Google Earth e imprimí mapas de los lugares que me interesaría visitar en la Gran Manzana. Preparé mi texto (título: Basho y los agujeros de gusano), coloqué ropa y ejemplares de mis libros (para intercambio) en una maleta y emprendí el viaje. Luque-Sao Paulo-New York. Llegué al Aeropuerto John F. Kennedy de la Ciudad de Nueva York en plena madrugada; un automóvil me llevó de Queens a Manhattan, hasta el hotel que me habían reservado: The POD Hotel. Era un edificio coqueto donde todo estaba minimizado; el espacio reducido de la habitación tenía demasiado de celda pero sin perder un ápice de elegancia. Un hotel digno; pequeño, pero que podía gloriarse de su ubicación en el centro mismo de Manhattan: el Midtown.
Al día siguiente asistí al congreso. Todo salió muy bien. Las lecturas se sucedieron con absoluta normalidad. Escritores casi tan desconocidos como yo hablaban, con admiración, de sus obras; hubo odas a la Ciencia y a la Literatura. Se habló —con más entusiasmo que conocimientos certeros— de gravedad cuántica, de narrativa hipertextual, del bosón de Higgs, las anomalías de las Pioneer y de juegos de palabras con neologismos cibernéticos. Lo de siempre. No profundizaré en detalles puesto que carecen de toda relevancia.
Como era mi primera vez en la ciudad que nunca duerme, aproveché la ocasión para hacer lo que todo turista. Central Park, Isla de la Libertad y la estatua cornuda. MOMA y Museo Metropolitano (¡Oh Renoir! ¡Oh Monet!). Bronx Zoo y Ellis Island. Madison Square Garden y Rockefeller Center. Brooklyn Bridge y China Town. Postal nocturna de la ciudad desde la cima del Empire State. Guggenheim. Un partido de la NBA (jugador de la semana: David Lee de los NY Knicks). Tour hop-on hop-off a través de Brooklyn, Queens, Harlem. Phantom of the Opera, en Broadway. Times Square y la luz como protagonista. La hipermodernidad de Lipovetsky. Nueva York, la gran ciudad con todas sus galas. “Fácilmente batida por Tokio”, según una amiga que estuvo allí. Los mapas que había impreso con Google Earth no tuvieron la exactitud que me esperaba de parte de la empresa californiana, mas ello no pasaba de ser un detalle insignificante dentro del contexto de todo lo vivido en la capital del mundo. El congreso llegó a su fin y era imperativa una vuelta a la rutina. Había resultado estupendo pero ahora tocaba regresar.
Llegué al Aeropuerto John F. Kennedy (código IATA: JFK), en Queens, a las cuatro de la mañana. El vuelo de regreso era otra vez con Delta Air Lines (código: DL) y estaba programado para las 06:30 horas. Involucraba conexiones en Atlanta y Sâo Paulo para finalmente llegar a Luque, Paraguay. Delta Air Lines tenía unas máquinas (kiosks) que permitían al pasajero imprimir su pase de abordar sin tener que recurrir a los funcionarios de la aerolínea. Me acerqué a una de ellas y leí que recién a partir de las 5 am podría uno empezar a utilizarlas. Me di entonces a la espera. Al pasar unos minutos de las cinco de la mañana me acerqué nuevamente al kiosco, crucé el pasaporte a través de la banda lectora y completé los datos de mi billete electrónico. El 23 de enero, a las cinco horas y siete minutos de la mañana, tuve ya en mis manos el pase de abordar, según los datos que veía en la pantalla.
Ya estaba todo listo. Era cuestión de esperar a que se iniciara el abordaje. Pero llegaron las seis de la mañana y no vi a ninguna otra persona. ¿Seré el único pasajero?, me pregunté con sorna. El personal de la aerolínea tampoco se dejaba ver. ¿Estaba mal mi reloj? Miré la hora en mi muñeca izquierda y la comparé con la indicada por el celular. Estaban sincronizadas. Fui al kiosco de impresión automática de pases de abordar y vi que la hora era correcta. Pasaba el tiempo y nadie aparecía. Me encontraba en uno de los aeropuertos más importantes del mundo y parecía el único ser que deambulaba en su interior. Afuera, el frío de enero devastaba la ciudad. Adentro, la incertidumbre me devastaba a mí. ¿Qué estaba pasando?
Seguí esperando, pero Godot no asomaba. Los relojes avanzaban. Podía ver que la hora continuaba su marcha en las pantallas de los kioscos automáticos de impresión de boarding pass. El aeropuerto más transitado de los Estados Unidos y no se podía contabilizar dos almas en el lugar. Algo andaba mal. Dejé mi enorme maleta frente al mostrador y empecé a recorrer las instalaciones. Las ventanillas de Atención al Cliente se mostraban vacías. Me metí al otro lado del mostrador de Delta: papeles para completar, formularios de migración. El resto era silencio. Sólo el zumbido liviano de algunos tubos fluorescentes servía como banda sonora a mi desesperación. No se oía tráfico de aviones en el exterior. Todo parecía abandonado. Desierto. Era como si un rayo mortal los hubiera desintegrado a todos y ese rayo desgraciado se hubiera olvidado de mí. Justamente de mí. Creía estar dentro de una novela de Saramago, donde el único ciego era yo; donde sólo a mí me estaba negada la visión de los demás y la percepción del fluir del mundo exterior. Las horas pasaban, el hambre que jugueteaba en mi estómago podía atestiguarlo. Fui a sentarme a un banco y me tomé la cabeza.
— ¿Qué diablos está pasando?— grité.
Mi desesperación iba en aumento. ¿Volvería a ver la tierra roja de mi patria? En mi reloj y los del aeropuerto dieron las cuatro de la tarde. Seguí recorriendo la Terminal 2. Gané la calle y fui caminando hasta la Terminal 3, también operada por Delta Air Lines. En el exterior del edificio el escenario era el mismo. Desolación. Tan sólo la monocorde música de la soledad se paseaba por las vías del monorriel AirTrain. Continué mi camino y de repente ¡aleluya! Vi a un mendigo durmiendo en el corredor de la Terminal. Un compañero, otro individuo como yo habitando la incertidumbre. Un compinche. Los dos únicos seres que éramos en el tercer planeta. Estaba envuelto en papel diario y unos aplastados cartones le hacían de colchón. Me aproximé.
—Tell me, my friend, what is going on? Where are all the people? What is going on?, me oí decir con un inglés impregnado de ese acento latino que suelen tener los traficantes menores en las películas de Hollywood.
—Ragnarök, masculló el mendigo, mirándome con unos ojos lentos que bregaban por enfocarme entre la legaña.
Ragnarök, repitió y tuve la sensación de que el pordiosero había cumplido su misión en el mundo, como si hubiera sido concebido tan sólo para protagonizar ese momento en que debía pronunciar tres sílabas ante un turista carcomido por las preguntas. Ragnarök dijo lentamente, paladeando la palabra, y señaló el cielo ennegrecido con una mano donde las uñas se mostraban como recientemente decapitadas a dentelladas. Ragnarök, dijo por última vez, antes de darme la espalda y volver a dormirse como si nada sucediera. "Maldito seas", le grité y me dirigí a la Terminal 3 donde el paisaje era idéntico al de la terminal anterior. Vi el mismo abandono y mi desesperación fue la misma. La misma pero no exactamente la misma sino más grande. Acrecentada por aquel misterioso ragnarök de mi coexistente. Decidí regresar a la terminal anterior. Nuevamente la calle de aceras ateridas. El viento impío y sus cuchillas. Al volver sobre mis pasos noté que el mendigo ya no estaba donde lo había dejado. No estaban sus cartones ni estaba el papel diario que minutos antes lo aislaba del frío neoyorkino.
Me estaba volviendo loco. Arrastrando mi maleta a toda prisa volví a la Terminal 2, donde debía hacer el check-in. Todo fue un angustioso déja vu. Solamente la hora había cambiado en ese lugar. Ragnarök, había dicho el pordiosero. Yo no había visto mendigos en Manhattan. Quizá aquí en Queens fueran comunes. Ragnarök. ¿Pero qué podía tener que ver la batalla final entre los dioses de la mitología nórdica con que no pudiera volver a mi país? ¿Qué relación podía haber entre Odín y la desaparición masiva de pasajeros y personal de aeropuerto? El Valhala de mi patria alejándose más cada segundo, como una galaxia espiral. Ese 23 de enero se volvía más atroz cada vez, se hacía cada vez más intenso en mi memoria; fecha grabada a fuego. Eran ya las once y media de la noche, pronto sería el 24 de enero y yo estaba todavía allí entregado a las garras de lo absurdo, viviendo esa realidad guionada por algún loco. Me acurruqué en uno de los bancos y caí derrotado por el sueño, rendido ante el esfuerzo terrible de pretender racionalizar lo insano que me estaba sucediendo.
Desperté al oír pasos y voces. Con tan sólo un pie y medio en la vigilia contemplé a la gente haciendo fila frente a los kioscos, imprimiendo sus boarding pass, arrastrando su somnolencia, su prisa y sus maletas. Personas, desplazándose en todas las direcciones. De repente todo estaba bien de nuevo. Normalidad. La vida volvía a moverse. Alguien había oprimido el botón play de la existencia. Recordé haber olvidado mi pase de abordar sobre uno de los mostradores en la otra terminal. No quería ir a buscarlo por lo que, rogando que la computadora me permitiera imprimir otro, fui corriendo hasta el kiosco. Para mi sorpresa, lo imprimí sin problemas. Y allí el misterio. La fecha no era 24, como cabía esperar. La fecha impresa en el papel indicaba que era el 23 de enero y que eran las 4:41 horas de la mañana. Yo tenía el cansancio acumulado de un día entero. Y sin embargo, según la fecha del pase de abordar ese día recién empezaba. Pregunté qué día era a un melenudo jovencito que vestía una camiseta con el logo de Metallica y escuché, con horror, la respuesta:
—January 23, man. Friday.
No quise entender nada. Con el pase de abordar en la mano hice el check-in y me uní luego a una fila para atravesar el área de Migraciones. Pasé. Gané la zona de embarque. New York-Sâo Paulo-Luque. Llegué a casa en las primeras horas del 24 de enero. El día se había congelado para mí, me tocó interpretar el involuntario papel de un Josué del siglo XXI. Hasta antes de escribir este cuento —en un intento de exorcizar ese fragmento irresoluto de mi ayer— no había comentado a nadie el episodio. Me habrían considerado un trastornado. Me he convencido a mí mismo, como un modo de escapar de una segura demencia, de que todo no ha sido más que una avería momentánea en mi percepción del tiempo, debido tal vez a los efectos del estrés al que estaba sometido en aquel entonces. Pero en mi fuero interno sé bien que no se debe a eso. Sé bien que lo que me sucedió en aquel aeropuerto fue tan real y a la vez tan misterioso como el asesinato en Dallas de aquel presidente estadounidense.
Djamena, julio de 2009.
miércoles 21 de octubre de 2009
DE POLVO ERES
¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra es el hombre.
PÍNDARO
Verá, señora, yo enseñaba en un pequeño colegio secundario de Asunción. Tenía nada más que un turno, el dinero que ganaba no era mucho pero daba para ir remando por sobre la línea de la miseria. En la casa éramos nada más que tres: mi marido, mi hijito Remigio y una servidora. Cuando mi marido murió no nos quedó otra que venirnos a vivir aquí con la madre de él, esto es, con mi suegra. Nos costó acostumbrarnos a la vida en Pedro Juan Caballero, tan lejos de Asunción. Pero más nos costó acostumbrarnos al régimen tirano de la anciana. Soportamos nada más que un par de semanas y luego tuvimos que alquilar esta casita. Mi hijito tenía dieciséis años cuando consiguió trabajo con don Pierre, el fotógrafo francés con fama de loco, pero de loco lindo. Soy fotógrafo de muertos, mamá, me decía mi pequeño Remigio, fotógrafo post mortem, y me contaba lo que don Pierre y él hacían. Es algo escalofriante, me decía, y no hacía falta ninguna de que lo dijera porque ya podía imaginarme los ojos sin vida, la cara sin muecas, la frialdad de ultratumba dormitando en la piel, el rigor mortis. Me comentó que esa primera vez le fue muy difícil mantener el aliento. Entramos a una casa donde se sentía por todos lados la majestad de la muerte, recuerdo que me contó, lo nuestro nos hacía sentir como animales carroñeros, a pesar de tener el beneplácito de los familiares del fallecido, porque eran ellos quienes solicitaban las fotos, sentíamos como que estábamos profanando algo, y la gente nos miraba como a los que con un flash sacrílego iban a inmortalizar la muerte de un ser, y yo lo oía nada más como a alguien que lee un texto macabro y escabroso. Es una costumbre europea pero que también estuvo de moda en Perú, especialmente en
Todo eso de la captura y la cárcel vino después, tiempo después.
Don Pierre es un bromista, me contaba mi Remigio, a veces me pregunta si ya abofeteé a un muerto y si nos dejan solos con el cadáver, antes de que salga el flash de la cámara él dice «diga whisky» o a veces también «decí sífilis», dependiendo el tratamiento otorgado de si el fallecido es un adulto o un joven o niño, y yo me quiero morir de la risa, pero me contengo porque los parientes están todavía de duelo en la pieza contigua. Eso me contaba. Hoy hicimos unas tomas, me dijo un día. Era una criaturita muerta, la madre posaba con ella en las piernas, vi los ojos mustios, al acomodarle la ropa palpé la piel seca, trabajábamos en silencio casi, como si estuviéramos robando una casa, voces bajas, susurros nada más. Toda una escenografía montada para la ocasión, ropa nueva para el cadáver que ya empezaba a oler mal, la madre también iba bien vestida, una pose trabajada y flashes continuos. Hay que amalgamar la ciencia de un médico y la imaginación de un poeta para capturar con éxito las últimas imágenes del cuerpo me decía mi hijo que don Pierre le dijo que su padre le había dicho cuando lo iniciaba en los secretos de congelar en papel el rostro de un ser que ya no era de este mundo. Yo no quería que siguiera con eso, pero bien pensado era un trabajo honrado que lo tenía ocupado y lejos del narcotráfico que impera en esta zona, de las muertes por encargo y de las plantaciones de marihuana hasta en los jardines más expuestos. Era un trabajo honrado, como cualquier otro, bueno, como cualquier otro no era, pero sí honrado, y los quince mil guaraníes que recibía después de cada trabajo lo compensaban, y a veces don Pierre le daba hasta cincuenta mil, dependiendo de la cantidad de fotos que pedían del modelo, digo del muerto, del que posaba para la cámara o al que posaban para la cámara. Y era un dinerito que ayudaba a seguir tirando el carro, señora, usted comprenderá. Porque como usted bien sabe, mentiría si dijera que nuestra economía marcha sobre rieles. Lo que hacían no era fotografía forense ni documentación gráfica para los periódicos. Era la gente del pueblo que había elegido ese camino para recordar a su ser querido. Sus fotografías terminaban siempre enmarcadas y colgadas de una pared o sobre un anaquel o a veces también en álbumes de hojas amarilleadas por el tiempo y la nostalgia. Una vez leí su aviso en el diario: «Las familias que tengan la desgracia de perder algún deudo de quien deseen poseer un momento de esta naturaleza pueden lograrlo por medio de las fotografías que don Pierre ofrece ejecutar en el mismo aposento mortuorio».
Todo eso de la persecución policíaca, la captura y la cárcel vino después, algún tiempo después.
Mi hijito me hablaba con fervor acerca de algunas fallecidas. Mamá, vi a la mujer más hermosa del mundo, pero estaba muerta, irremediablemente muerta. Y me daba detalles y más detalles. Y en los últimos tiempos me hablaba sólo de mujeres y yo decía Dios mío qué pasará que van muriendo tantas mujeres jóvenes, pero también morían hombres y fotografiaban hombres, mas su interés se había decantado por las mujeres, cosa también normal, considerando que ya estaba en plena adolescencia. A la muerta más hermosa del mundo le pusimos el vestido más hermoso del mundo, me dijo Remigio, le abrimos los ojos con una cucharilla de café y volvimos a situar correctamente cada ojo en la cuenca, don Pierre hizo gala de su manejo del maquillaje post mortem, con lo cual desapareció la lividez cadavérica y el flash de las cámaras empezó a incendiar como un fuego fatuo el aire de la habitación, ese aire tan rubricado de guadaña. Todos esos detalles me desbordaban. Los únicos cadáveres que vi en mi vida fueron los de mis padres y el de mi marido. Pero no los había tocado. Dios me libre. A la muerte le tengo un respeto terrible. Sin embargo, Remigio se movía como pez en el agua. Eso me daba cierta preocupación, señora, a la muerte no hay que perderle el respeto. Pero era una preocupación leve que quizá entrañaba algo de envidia y admiración, como cuando miramos desde bien lejos a las personas que durante una fiesta de San Juan caminan sobre las brasas, o patean una pelota tatá.
Todo eso de la huida, la persecución policíaca, la captura y la cárcel vino después, poco después.
Estábamos tan bien, señora. Mi hijito traía a casa cada vez más dinero porque había aprendido bien el oficio y en muchas ocasiones hacía el trabajo él solo, ya sin don Pierre, que nada más recibía los pedidos, daba las instrucciones y se entregaba al reposo. Remigio cobraba ya mucho mejor porque su trabajo era mayor y porque fotografiar muertos fue siempre mucho más rentable que fotografiar vivos. Estábamos tan pero tan bien, señora. Mi hijo trabajaba con sus fotografías fúnebres y yo enseñaba en el colegio estatal, hasta podría decir que fui feliz en esa época. Estaba muy contenta por mi hijo, por mi Remigio, por verlo enderezarse hacia un futuro de bien, con un empleo tempranero que le enseñaba el valor del dinero y del trabajo honrado. Pero el destino es experto en eliminar las piezas del tablero golpeándolas en la cabeza y los más humildes somos siempre quienes estamos más indefensos ante sus manotazos.
Todo eso de la necrofilia vino después, poquito después.
De Ingenierías del Insomnio.
miércoles 14 de octubre de 2009
LA CHIRIPA

Ramírez es joyero y está de zozobra. La congoja lo tiene de blanco por estos días. Un juguete del desasosiego. Ramírez siente que el tiempo se alarga, es consciente del paso de cada minuto que estira su sufrir como una máquina de tortura de la Edad Media. Ramírez. Hay siempre una semana al año en la que la espesura del pasado se instala en su presente, una semana en la que tiembla como un poseso y orbitan su cabeza el temor y el terror. Compra todos los diarios. Y, atropelladamente, los lee. Recela encontrar una información menos vaga que las de los años anteriores. Tiene miedo de hallar una noticia con más datos que las nubes acostumbradas, una noticia donde las certidumbres superen a las conjeturas e imprecisiones. Ramírez teme que hablen de él, que hagan demasiado ruido con su nombre, que algún periodista investigue más a fondo y encuentre documentos o testigos que prueben el hecho de manera incontestable. Teme un reclamo centroamericano.
Ramírez, hombre entrado en años, de miserable pasado, presente venturoso y cuatro niños que lo llaman padre. Lo vemos caminar en dirección a su casa, con el brazo derecho aprisiona los periódicos comprados en el kiosco. Cada paso que da incrementa su pesar. Siente el arrepentimiento por haberse ufanado en la ronda de amigos cuando recibió el pedido aquel:
—Si el mismísimo Presidente de la República recomienda mi trabajo a otros poderosos quiere decir que soy el mejor joyero de Luque o sea del Paraguay.
No lo podía evitar, era propaganda para su joyería y para él mismo. Los amigos y colegas supieron que había recibido de aquel militar extranjero una buena cantidad de oro para ser trabajado, ese pez gordo que nadaba muy lejos de su estanque originario le había encomendado su precioso metal.
* * * * *
La caravana transita la Avenida España. Todo es normalidad. Hileras de autos circulando por ambos carriles. Bocinazos esporádicos, el endemoniado aroma de los caños de escape. Vemos a un lujoso Mercedes Benz blanco en el cual viaja el general extranjero y detrás, infaltable, el automóvil con los custodios. No es cuestión de descuidar la seguridad. Hay que ser precavidos porque el rencor es el motor de innumerables acciones. Aunque en el Paraguay de Stroessner la seguridad está garantizada, todo está controlado. El Gran Hermano todo lo ve, nada se le escapa. Hay espías de peludos pies esparcidos estratégicamente para cubrir por completo el territorio patrio.
Mientras tanto, sobre la misma Avenida España, en la casa de Julio Iglesias todo está también preparado. En la mente de Enrique está contemplado cada detalle. También todo está bajo control. Los planes para ejecutar la misión están desarrollándose de manera magnífica. En la casa alquilada falsamente a nombre del cantante español siguen practicando, repasando el plan hasta en sus detalles más insustanciales. Qué pasa si… Hacemos esto. ¿Y si pasara esto? Procedemos así. Enrique reitera a su gente que el momento se acerca, les reafirma que la misión es un ajedrez donde se apuesta la vida y que por ello ni un solo cabo puede quedar al arbitrio del azar.
En el asiento trasero de la limusina Mercedes Benz, el general foráneo conversa con su acompañante. Las propuestas de nuevos negocios amarran su atención. Hay proyectos de bienes raíces, de pozos petrolíferos y minas de diamantes. El interior del automóvil es un hervidero de ideas. Se habla de empresas, de acciones. Se mencionan millones de dólares y operaciones bursátiles, se habla de fondos de capital de riesgo, de retornos de inversión, de exenciones impositivas. Se citan paraísos fiscales y nombres de bancos de pronunciación complicada. Dentro del vehículo todo es número, como para Pitágoras. La caravana sigue su avance sobre el pavimento asunceno.
* * * * *
Ramírez tiene un acabado dominio del oficio de manipular el oro. Sus manos conocen cómo derretirlo y darle forma. Lo saben fundir para hacerlo renacer de sus cenizas, colocando las moléculas en otra posición. Ramírez está orgulloso de su oficio. Unas semanas atrás había venido ese militar extranjero a solicitar su arte, recomendado por el propio Stroessner, el dictador que asfixiaba al país ya por más de un cuarto de siglo. Ramírez no podía fallar. Fueron días de intensa dedicación y escaso sueño. Pero habían valido la pena. Sus ojos contemplaban ahora el trabajo concluido. Los lingotes de oro eran ya parte del pasado. Ahora, reagrupadas, sus moléculas formaban un grande y precioso collar y dos pulseras de alta majestad. Genuino arte luqueño. El oro que en este momento siente la textura de la mano de Ramírez, pronto conocerá la de la mano militar, la mano que ha empuñado el sable, la del saludo marcial, la mano que ordenaba.
Ramírez está en la ciudad de Luque, contempla su trabajo con orgullo y completamente ajeno al conocimiento de que en Asunción, a pocos kilómetros de allí, está por suceder algo que marcará para siempre su destino. La caravana del general será interceptada. El grupo B se encontrará con el grupo A. Encontronazo. Ramírez ignora que ese día le deparará una alegría casi nicaragüense.
* * * * *
Pasados varios minutos de las diez de la mañana del 17 de setiembre de 1.980 la Operación Reptil, que tenía a Asunción como escenario de operaciones, alcanza su epicentro.
— ¡Blanco, blanco! —brama el walkie-talkie.
De súbito, una camioneta se cruza transversalmente sobre la Avenida España y hace que se detenga la caravana del general extranjero. La bazuca señala al automóvil, pero el cohete queda atragantado en el tubo. Enrique contempla la mudez de la bazuca y entra en acción, inmediatamente rocía al vehículo con su verborrágico fusil de asalto M-16. Se porta bien el arma, tartamudea su fuego con precisión hasta vaciar el cargador. Treinta disparos telegrafían agujeros por doquier con su Morse mortal. De súbito, la Avenida España es un estruendo que rompe la mañana. La atrabiliaria bazuca RPG-2 pide revancha y escupe su ígnea rabia, levanta metales, despelleja, descapota, quebranta huesos, quema la piel, desfigura y esparce las vísceras civiles y militares hacia todas las direcciones como la propiedad isotrópica de la luz. El líder, Enrique, escapa con los suyos después de aureolar de éxito la misión. El motor de la limusina Mercedes Benz no se ha enterado de nada: sigue latiendo.
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Ramírez llega, al fin, a su casa con la multitud de diarios de la fecha. Su zozobra sigue, y seguirá aún por unos días. Ramírez sabe que pocos le creyeron cuando contó que habían venido a retirar el pedido la noche antes. Casi nadie le creyó y menos aun cuando con el correr de los años su casa fue creciendo hacia arriba y su joyería se convirtió en la mejor de la ciudad.
Ramírez continúa en zozobra. Teme ver aparecer su nombre en los diarios. El rumor puede ser perjudicial para todo lo que ha logrado. Sabe que deberá aprender a vivir con ello durante el resto de su vida, irá pagando en cuotas anuales el áureo presente del destino, su mágica chiripa. Sufrirá y sobrellevará esa semana con paciencia, porque tampoco ignora que dentro de unos días los periódicos se olvidarán nuevamente del tema y las cosas volverán a la normalidad hasta el próximo año.
En segundos más, Ramírez ocupará el sofá y hojeará los diarios. Y verá allí las mismas fotos de cada año: el Mercedes Benz descapotado de un bazucazo, los cuerpos descoyuntados a balazos, la cara ensangrentada del General Anastasio Somoza Debayle, su involuntario benefactor, muerto por un comando revolucionario liderado por Enrique Gorriarán Merlo e incapaz por ello de retirar el trabajo solicitado a su taller de joyas.
Accra, agosto de 2009.